martes, 29 de mayo de 2012

Jean-Léon Gérôme - Revelaciones y Encantamientos (1)





De un por qué

Hasta ahora todo lo que sabemos de Héctor Amado -personaje de dudosa pero cierta realidad- se limita a un fragmentario conocimiento de su obra: bien legada a quien esto escribe, bien sugerida, de forma inmanente, por una especie de transmisión o transmigración comunicativa entre nuestras dos almas; leves y breves retazos biográficos -incluida alguna inopinada aventura- de cuando su tiempo de retiro espiritual en París completan la información que de él poseemos. Pero es sobre todo su alma, vertida en sus escritos, la que ha forjado, durante todo este tiempo de existencia del blog, la imagen que de él hemos construido.
Efectivamente, su figura, su ser, corre paralela a esta propuesta que comenzó su singladura virtual llamándose ConSentidos Comunes, y que acabaría derivando, tras azarosas circunstancias de por medio, en ConSentido Propio. Su presencia, en mayor o menor medida, se ha hecho notar de continuo, haciéndose casi, casi, familiar. De hecho, su propio sentir, late con fuerza en casi todos los posts subidos hasta la fecha. No sería impropio, pues, adentrarse en un terreno más privado y acceder a unos datos que nos acercarían al personaje del que mucho barruntamos y poco, en realidad, sabemos.
Derivo toda responsabilidad informativa de los datos que se consignarán a la misma fuente inmanente ya sugerida en el anterior párrafo. Quizá el canal por el que dicha fuente se comunica conmigo no difiera mucho del que otros utilizan para escuchar las muchas voces con que habla el espíritu del que todo proviene.
No es una biografía autorizada, tampoco lo es cronológica. Aquí se verterán datos y reflexiones al albur de las antedichas sugerencias, que al ser inmanentes e inmediatas, no siguen ningún plan ni patrón establecido más que la concatenación coherente de hechos con significación que sean susceptibles de desvelar, si someramente, la personalidad de nuestro querido y misterioso amigo Héctor, y tratar de explicarnos, de paso, el carácter que palpita en sus textos. Aviso que la ficción y la verdad está tan íntimamente mezcladas en la realidad del ser humano que establecer las fronteras entre la una y la otra se antojaría, las más de las veces, empresa inútil, por falaz. Estoy enteramente de acuerdo con el más insigne de los bardos anglosajones cuando dice por boca de Próspero: "We are such stuff-as dreams are made on..."; que en román paladino (aquél que habla cada español con su vecino) viene a decir: "Estamos hechos de la misma materia que nuestros sueños" [el hombre]. Así es que... apliquémonos al tempestuoso cuento. Encantamientos, porque: ¿qué es esa difusa frontera entre lo real y lo imaginario sino un ámbito encantado? Es ahí donde brotan todas las maravillas que han permitido que el hombre sea lo que es: un fecundo constructor de posibilidad.

Imágenes y música, como es rigor y costumbre, ilustrarán bienacompañando los textos. En este caso, las imágenes vendrán de la mano de uno de los pintores y escultores academicistas franceses más portentosos y sugerentes: Jean-Léon Gérôme (algunas de cuyas obras ya han sido utilizadas en el blog), cuya temática, preferentemente orientalista e histórica, está llena de colorido, originalidad y belleza formal.
La música variará en las distintas entradas: en la presente propongo a Hooverphonic con su antepenúltimo álbum de estudio: The President of the LSD Golf Club.
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De la infancia de Héctor Amado (1)

...Lejos quedaban aquellos tiempos en que su imaginación bullía con la efervescencia de una fermentación tumultuosa, ajena -sorda y ciega- al estado de apocamiento y sórdida austeridad que campaba a su alrededor, en un país que tímidamente recién salvaba el estado de miseria a que lo había abocado una cruenta y despiadada guerra fratricida veinte años antes. Tiempos dados a necesarias escapadas interiores e irremediables emigraciones exteriores. Tiempos donde, para acceder a lo posible, uno debía aventurarse por un angosto y oscuro túnel del que era imposible ver el final. Tiempos de eterno otoño y almas secas, de concentraciones parcelarias del barbecho. Tiempos de raros y excepcionales florecimientos y de asépticos genios en conserva. Malos tiempos para casi todo, buenos para casi nada. Tiempos, no obstante, siempre abiertos al prodigio y la maravilla... mientras el asombro no se muestre en exceso exigente.
...Tiempos en que, sin ir más lejos, increíbles grillos detentaban mastodónticas mandíbulas dignas de un triceratops: fue el primer culpable que se le ocurrió para justificar el enganchón sufrido por su nuevo niqui de asedado moaré azul intenso cuando saltaba la aguzada verja herrumbrosa que separaba las vías del tren del paseo de la Estación: la zona prohibida, de la segura.
--Ha sido... ha sido... un grillo. --contestó, sin levantar los ojos del suelo, mientras trataba de esconder, a duras penas, con su albo bracito de alambre apretado contra el costado, la terrible desgarradura que desde la axila corría paralela a la costura todo a lo largo de aquel bonito polo camisero recién estrenado el último Domingo de Ramos. Allí estaba, consternado y temeroso, esperando la más que presumible bronca --toda vez descartada, por imposible, la huida hacía alguno de los múltiples mundos interiores en los que se refugiaba cuando "afuera" se ponían mal las cosas; mundos que le proporcionaban, a un tiempo, confortable seguridad y apasionante evasión.
...Su madre lo miraba con una mezcla de enfado e incredulidad; su padre, con otra de fastidio y preocupación. Este chico no tenía remedio, habría que tener cuidado con él. Innegable era su nula disposición ante la dureza de una vida presidida por la competitividad y la ley de la selva, ya que su naturaleza estaba constituida por un redundante e insensato cóctel de sensible imaginación e idealizado sentimiento. Pero, ¿Qué hacer? ¿Castigarlo? ¿De qué serviría, salvo para quebrantar su delicada sensibilidad y fortalecer aún más aquel precoz complejo de culpabilidad, tan raro en un niño de apenas siete años?. El castigo ya lo llevaba incorporado, implícito, en su carácter.

...Poseía Héctor unos ojos enormes que no dejaban de mirar y registrar cuanto veían, como si las cosas, los seres y las circunstancias en que unos y otras se manifestaban fueran tesoros que hubiere que guardar. Unos ojos verdosos que llenaban esplendorosamente su cara de un asombro tímido y reconcentrado, apenas perceptible, sino fuera por el ensimismamiento con que a veces se quedaba observando, aparentemente sin ver, perdido en vaya usted a saber qué entelequias sugeridas o incitadas por lo observado. La procesión iba por dentro.
...Eran, los suyos, unos ojos grandes escoltados por enormes pestañas más propias de ojos femeninos que de varón, por muy niño que fuera: "¡Ojazos!" (como en más de una ocasión le tildaba, efusiva y cariñosa, su tía María). Y en verdad el mundo penetraba en ellos como si fuesen sumideros, agujeros negros con el poder de atracción de un universo en formación. Una vez dentro, las imágenes de las cosas y de los seres absorbidos cobraban nueva vida -o quizá la que tenían y ellas mismas lo ignorasen-. Penetraban en su cerebro y allí se combinaban y recombinaban de la forma más peregrina y caprichosa. Con todo ese material forjaba historias tan vívidas que apenas le dejaban, a él, tiempo para vivir esa otra realidad que lo circundaba, decididamente mucho más rácana y gris, más grave y aburrida, más constreñida y constrictora --con sentirla inabarcablemente inmensa.
...La realidad convencional, esa a la que debía someterse sí o sí, pautada, regulada, estricta, se le hacía insoportable, por amenazante. Las junglas pobladas de azarosos peligros, los áridos y desolados desiertos, las inhóspitas montañas de escarpadas cumbres y tenebrosos castillos encaramados a sus abismales laderas, todos aquellos mundos teñidos de noche y sombras que imaginaba en múltiples aventuras interiores eran, con mucho, menos pavorosas que la ineludible realidad que comenzaba todas las mañanas ante la espeluznante e invariable presencia del enorme tazón de café con leche y pan desmigado en el que flotaban, desagradables ínsulas de un blanco amarillento, informes fragmentos de nata cocida, odiosa y vomitiva nata. Durante mucho tiempo (en esa tierna edad el tiempo posee una dimensión indefinida e inconmensurable) relacionó la repulsiva superficie horadada de la nata cocida con aquellas representaciones de la luna que aparecían en las cartillas y enciclopedias de los textos escolares. Para él no cabía ninguna duda: nuestro satélite, ese foco de forma cambiante que presidía las noches, tenía naturaleza láctea: un gran globo de densa leche --quizá, igualmente odioso, queso-- cuya superficie aparecía recocida por el sol. La misma repelente superficie salpicada de cráteres y sombras grises --tan grises como la realidad-- que todas las mañanas contemplaba en aquel martirio de desayuno que tragaba, contra su voluntad, casi sin respirar, y que no pocas veces vomitaba, al amparo de un rincón, cuando salía de casa camino del colegio.

...No es que la infancia de Héctor fuera difícil, es que fue una constante aventura consciente de serlo: él contra el mundo. No se sentía seguro en ningún lado, salvo cuando estaba solo; incluso en su casa, con los suyos, no dejaba de experimentar cierta incomodidad que lo obligaba a salirse de sí para adoptar una actitud cercana a la dramatización de su propio personaje: fingía ser (eso sí, de forma inconsciente y refleja) quien, en esencia, no era; máscara involuntaria que encubría, con facciones simples y previsibles, un carácter mucho más complejo e inquieto.
...En cambio, cuando estaba solo, todo le ofrecía su mejor cara, las cosas se despojaban de su apariencia amenazadora para ser simplemente cosas, naturaleza, mundo, universo, en el que él se sentía como delfín en el agua, en equilibrio con el Todo. Definitivamente el desequilibrio venía de la mano de los otros; la presencia de los otros lo desequilibraba con su solo estar, pues lo desgajaba de esa unión con la totalidad para arrojarle a la aislante unicidad (desgajado uno entre otros unos: sólo parte, sólo cacho, mero fragmento, exigua porción). Por eso se le hacía extraño e incomprensible que mientras los compañeros de juegos del barrio, sus vecinos, buscaban a toda costa, afanosamente, la complicidad de la compañía, --sin la que decían aburrirse soberanamente--, él, Héctor, lo que buscaba era la soledad, mágico ámbito en el que su mundo germinaba y florecía poblado de maravillas.
...Los demás le suponían no pocas veces un estorbo, hasta el punto de sentir fastidio cuando, imbuido en una de sus personales e íntimas aventuras, aparecía algún amigo que deshacía el hechizo que lo embargaba. Pues era un hecho que los demás no sabían "seguirle" en esas elucubraciones, en esas recreaciones (hasta cierto punto) fantásticas, donde las cosas inertes se animaban a causa del poder de su mente de recental demiurgo, y las criaturas orgánicas mostraban una actividad, a sus ojos, transfigurada, no ya inquietante, sino estimuladora y, a lo sumo, desafiante. Sin temor a equivocarnos podríamos decir que Héctor era un niño aquejado de un insuperable terror social por déficit de con-pasión.
...Había una única excepción. Un amigo, solo uno por etapa, con el que conectaba y al que participaba gran parte de su otra realidad. Con los otros amigos --vecinos de calle o barrio en su mayoría, ya lo he dicho-- jugaba y padecía, a la vez e indefectiblemente, en una especie de aleación emocional irresoluble; con el amigo, en cambio, gozaba de la satisfacción que todo alma experimenta al compartir y compartirse. Con uno le bastaba... y le sobraba, pues era él quien siempre acababa por deshacer esta amistosa --e íntima-- alianza; y lo hacía sin apenas sufrir el duelo que habitualmente padece quien finaliza una relación (sea ésta de amor o de amistad infantil). De hecho, los duelos los sufrían --y de qué manera-- quienes veían cómo terminaba súbita e inexplicablemente una relación casi mística con aquel ser que veía mundos donde los demás (incluidos ellos) sólo cosas y hechos... No se daban cuenta que, con naturalidad sorprendente y cruel, habían dejado de ser estimulantes y enriquecedores para aquella alma en constante ebullición y cambio. No obstante, estos únicos amigos, eran para él tan determinantes en sus distintos periodos vitales que incluso los podían definir: la época de tal o cual amigo solía coincidir, con significativa correspondencia, a una fase diferente de su madurez. Se podría salvar el río de su vida saltando de uno a otro único amigo con la certeza de que al fin se alcanzaría la ribera de su devenir.

...Tuvo fases en las que ningún amigo acompañaba sus soledades. Entonces eran los libros, los amigos eternos, siempre solícitos y disponibles, quienes los suplían. Ellos y... la naturaleza. Porque ya es tiempo de apuntar que Héctor no solo nació esencialmente panteísta, sino que fue totalmente consciente de su natural místico desde antes de tener uso de razón: desde cuando su razón -aun sin ser usada- ya le aleccionaba, de modo difuso y no reflexivo -con sensaciones intelectivas-, de su lugar en el mundo.
...Una constitución excesivamente endeble y enfermiza quizá contribuyera a esta prematura toma de conciencia de sí mismo. El constante coqueteo con el dolor, la postración y la debilidad puede ser determinante para el desarrollo de una sensibilidad acusada. Aunque, acaso, fuera más acertado invertir predicado y  sujeto: la connatural sensibilidad exacerbada pudiera ser la que expone al cuerpo y al alma a un constante estado de equilibrio inestable, o de permanente desequilibrio estacionario; como si un alma demasiado consciente de su imperio espiritual fuera de más difícil encaje en este mundo de materia y apariencias, encaje que sólo se produciría tras forzar o limar sus límites, o lo que es lo mismo: de constatar el fracaso de su ser, tal cual él se percibe, en el correcto engarce al mundo.
...Pese a todo, nunca tendría conciencia de la muerte (aunque la rozara varias veces), del acabamiento, de la finitud; pero sí del dolor, de la indisposición para llevar a cabo una vida "normal". Pudiera ser ésta -dirán los psicoanalistas-, una buena razón para justificar la tendencia innata a encerrarse en mundos imaginativos propios, o proyectados por las imágenes arquetípicas mostradas en las ficciones ajenas (ya sean literarias o fílmicas). Pero si esa fuera la justificación: ¿cómo se explicaría esa inclinación suya por los espacios abiertos aún antes de saber leer? ¿por el deseo constante de salir a jugar fuera de casa, cuando la casa estaba habitada? ¿de soñar con espacios lejanos, con montañas, con el mar (él un castellano mesetario con miedo al agua, que no aprendería a nadar hasta haber cumplido los doce años)? ¿cómo se justificaría esa tendencia suya a derramarse en el mundo?
...Algo no encajaba en esa actitud. No era un ratón de biblioteca al uso. No era un imaginativo pasivo, sino activo (a pesar de los miedos y de su relativo complejo de inferioridad, alimentado por su frágil naturaleza). El impulso que siempre lo acompañara por superar esa debilidad y fragilidad innata, que lo llevaría a practicar todo tipo de deportes, también abundaría en este contrasentido. Mundos imaginativos, sí, pero no aislados del mundo, de su contacto con él, de su interacción con sus posibilidades.
(Una matización respecto a una expresión anterior: no es que Héctor fuera, desde su más tierna infancia, plenamente consciente de que se encontraba solo contra el mundo; es decir, lo era, pero sólo cuando ese mundo se refería al mundo habitado. En su fértil soledad, sería más justo y adecuado decir que: se sentía él con el mundo).
...Su cuerpo era el puente que lo unía al mundo, eso también lo supo muy pronto (al no poderlo escabullir cuando tantas veces lo hubiera deseado, o al tenerlo que sufrir como un pesado lastre que impedía a su imaginación adecuarse a la realidad... de todos). Por eso cuando potencialidades ignotas comenzaron a pulsar en su interior, allá en la frontera de los inicios de la pubertad, cuando la vitalidad del cambio hormonal lo permitió, se dedicó a fortalecer aquel, hasta entonces, enfermizo organismo. Y mal que bien lo fue consiguiendo, mas no sin denodado esfuerzo ni previsibles recaídas que le recordaban periódicamente quién era: un alma sensible y frágil a bordo de un cuerpo enclenque en delicado trance de inusitado y milagroso fortalecimiento.

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GALERÍA

Jean-Léon Gérôme
(1824-1904)

Aromas de Oriente

Harem Women Feeding Pigeons in a Courtyeard
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An Arab Caravan outside a Fortified Town
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On the Desert
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The Carpet Merchant of Cairo
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Prayer in the desert
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Prayer in the House of an Arnaut Chief
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Bashi-Bazouk cantando
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El Bardo Negro
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Pelt Merchant of Cairo
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Bishari, Bust of a Warrior
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Egyptian Water Carrier
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Markos Botsaris
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Bashi-Bazouk
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Prayer in the Mosque
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Three Worshippers praying in a corner of a mosque
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Sais and His Donkey
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Greek Janissairies
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Wall (Muro de las Lamentaciones)
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Lady with Water Pipe
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Harem in the Kiosk (The Guardian of the Seraglio)
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Home from the Hunt
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Almehs Playing Checkers
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Almehs playin chess in a cafe
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The Negro master of the Hounds
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Bashi Bazook ans his dog
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Cemetery Gone to Seed (The Great Mosque)
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Arnaut Blowing Smoke in His Dpg's Nose
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Arabs crossing the desert
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An Arab and his horse in the desert

An Arab and his dogs
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Arnauts of Cairo at the Beb En Nasr
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Old clothing merchant in Cairo / Roaving merchant in Cairo
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A Street scene in Cairo
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Almeh at her window
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Cairene Horse Dealer
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Egyptian recruits crossing de desert
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The Prayer
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The Muezzins Call to prayer, in Cairo
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Sabre dance in a Cafe
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Le Marché de Chevaux (The Saadle Bazar, el Cairo)
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Unfolding the Holy Flag
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Camellos en el Abrevadero
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